Mujer y Microcrédito: un mundo de trabajo y Esperanza: Pep Bonet – 2012

La pobreza tiene rostro de mujer”. Detrás de estas palabras, pronunciadas en la Cumbre Mundial sobre la Mujer de 1995, encontramos aún hoy a más de 840 millones de mujeres en todo el Mundo que viven en la extrema pobreza. Se trata de niñas que no pueden asistir a la escuela porque tienen que trabajar en sus casas; jóvenes que se cargan de hijos a una edad muy temprana ya que no tienen el control sobre su maternidad; o mujeres adultas que deben afrontar en soledad el cuidado de toda la familia por abandono o incapacidad de sus parejas.

Son historias de una extraordinaria dureza, pero que no buscan nuestra compasión, sino que piden una oportunidad para poder salir adelante por sus propios medios, para sacar a flote a sus familias sin tener que depender de terceros. Conocemos a muchas de estas mujeres por su enorme energía y vitalidad, por su decisión de trabajar sin descanso para poder brindar la oportunidad de un futuro mejor a sus hijos e hijas.

El microcrédito surgió a final de los años setenta como una respuesta para ayudar a estos millones de personas que trabajan en pequeños negocios de subsistencia, permitiéndoles acceder a cantidades mínimas de capital para que pudieran mejorar su rentabilidad y aumentar así sus ingresos.

La consolidación de los microcréditos ha supuesto una gran revolución que ha trascendido las barreras de la cooperación: se ha demostrado que las personas pobres merecen un crédito, no solo porque lo necesiten, sino porque se puede confiar en que lo devolverán, porque son capaces y fiables como cualquier otra persona. Por ello, más que la extensión de servicios financieros, los microcréditos han significado la igualación de derechos, en este caso económicos.

El crecimiento de esta nueva herramienta de cooperación ha sido espectacular: de los apenas 7 millones de personas que recibieron al menos un microcrédito en el año 1997, pasamos al año 2011 con más de 137 millones de personas beneficiarias, que en total recibieron unos 11.000 millones de dólares. Son cifras que llevan al optimismo, pero no se debe abandonar la prudencia, ya que el microcrédito no es un regalo ni hace milagros, “solo” ayuda a que las personas puedan trabajar un poco mejor.

Y las mujeres han sido las grandes protagonistas de este movimiento mundial: el 87% de las receptoras de los microcréditos son mujeres. Esto se debe a que ellas son más “confiables”: invierten todo el dinero para ampliar su micronegocio, y destinan los beneficios a mejorar las condiciones de vida de sus familias. Este especial vínculo con la familia, las motiva para aprovechar mejor la oportunidad que se les brinda. Podemos decir sin miedo a equivocarnos, que el éxito del microcrédito ha sido el éxito de las mujeres.

Pero la gran cuestión no es cuántos microcréditos se han concedido, sino en qué medida éstos han ayudado a las personas a salir de la pobreza. Gracias al microcrédito algunas mujeres han podido empezar a trabajar y otras están ganando algo más en sus micronegocios.

Tal vez muchas de ellas no dejarán nunca la pobreza, pero quizás gracias a su esfuerzo y a esa ganancia extra que les aporta el microcrédito, podrán enviar a sus hijas a la escuela, alimentarlas y vestirlas un poco mejor o comprarles medicamentos cuando se pongan enfermas. De esta forma, esos niños y niñas tendrán una oportunidad para salir de la pobreza y tener una vida mejor.

El microcrédito no es la solución mágica que algunos pretendían, pero seguro es que se trata de una ayuda para que millones de personas en todo el mundo, sobre todo mujeres, puedan vivir un poco mejor de sus trabajos y afronten el futuro con algo más de esperanza. Tal vez eso no sea mucho para nosotros, pero para ellas puede significar toda una vida diferente.

Les invitamos a recorrer el Mundo con las imágenes del fotógrafo Pep Bonet y las palabras del periodista Antoni Limongi, acercarnos a la realidad de un grupo de mujeres en América, África y Asía, para conocer y vivir sus historias de trabajo y esperanza.